Morazán Falsificado

Morazán Falsificado

Por: Gustavo Zelaya*

Cada 15 de septiembre la independencia “revive” con desfiles militares y equipos de guerra y, al parecer, los grupos del poder también celebran 175 años del asesinato de Francisco Morazán. Durante mucho tiempo se han esmerado en archivar, llenando de polvo y convenientemente sellado, el hecho que la primera emancipación fue un pacto entre abogados y funcionarios coloniales, con el respaldo de hacendados y comerciantes ligados a la corona española. La bufonada oficial se vuelve bofetada cuando el estadio nacional se llena de saludos a la reina y feudales saludos al gobernante, mientras los funcionarios desatan su morbo y concentran miradas en hermosos cuerpos de ocasión. Es la rutina de los patrióticos desfiles. En sitios de honor se ubican los enemigos de la soberanía y de cualquier ejercicio democrático, entre ellos los que adversan las ideas independistas sobre la necesidad del Estado laico y la abolición de los privilegios. Sin embargo, esos mismos sujetos muestran gran capacidad para organizar el saqueo del salario popular en eso que el gobierno llama el “Bronceado Morazánico”.

Hoy se recuerdan los 225 años de nacimiento del ciudadano Francisco Morazán Quesada, asesinado por luchar por la unión de Centroamérica, por proponer que sin educación “no habrá igualdad ni en las personas ni en los intereses, ni en los bienes; y estamos expuestos a que caiga sobre nosotros un yugo que no lo podamos sacudir jamás”. Ese yugo de ignorancia, corrupción e impunidad lleva casi dos siglos sobre los pueblos de la región.

En junio de 1830 por medio de la “Ley sobre la protección de los establecimientos de enseñanza pública”, Morazán determinó que el poder de la educación era fundamento de vida democrática para “producir los hombres ilustrados que deben dictar leyes al pueblo centroamericano, dirigir los destinos de la patria, dirigir las diferencias domésticas de sus hijos y comandar sus tropas, destinadas a defender la independencia, la integridad de la nación y las libertades públicas”. Esos principios cívicos no han sido parte de los grupos políticos y económicos que han controlado el Estado hondureño. Y tal cuestión es bien clara al revisar las acciones de funcionarios que ponen en venta el territorio nacional, atacan la educación pública, reaccionan contra la formación democrática y adversan al pensamiento crítico.

Con la educación como herramienta liberadora y desde el Estado laico, Morazán pretendió abrir la política hacia el pueblo, garantizar derechos individuales, abolir la esclavitud, separar la iglesia del Estado, eliminar privilegios y títulos nobiliarios y consolidar los municipios como fuente de poder popular. Esas fueron algunas de las razones de su asesinato.

Hay que agregar que junto a esos elementos la reacción contra el sistema impulsado por Morazán se endureció no sólo por el levantamiento campesino encabezado por el cachureco Rafael Carrera, impulsado por la iglesia y las familias pudientes o por carecer de suficiente respaldo político; fundamentalmente el fracaso del proyecto morazanista puede descubrirse por la incapacidad de desarrollar base económica suficiente que impulsara el comercio y fortaleciera el poder federal; en especial, los cambios no lograron alterar la tenencia de la tierra ni estabilizaron la sociedad.

Gran parte de ese contexto esconde algunos momentos básicos de la tradición conservadora de los grupos que han dominado el poder en Honduras: ciegos a verdaderas reformas que dignifiquen a los menos favorecidos; grupos más dispuestos a entregar recursos nacionales que a enaltecer la defensa de los mismos; más interesados en optimizar el lucro y su ganancia personal que en distribuir equitativamente la riqueza nacional. Esos son los que han hecho del mercado la esencia de la política vernácula en vez de colocar a la dignidad de la persona humana en el centro del interés estatal.

Desde la formación del Estado hondureño a la fecha, se ha generado una sociedad en donde violentar derechos individuales se vuelve rutina, en donde la subasta de porciones del territorio, la corrupción, la impunidad, el ejercicio patriarcal del poder, el contubernio de bandas criminales con partidos políticos profundiza la inseguridad y la exclusión social, multiplican formas de violencia hasta dificultar la construcción de la cultura y de la conciencia nacional. Desde esas condiciones los actuales gobernantes tienen el cinismo de “celebrar” a Morazán como distinguido militar en vez del ciudadano humanista; lo mantienen en exposiciones, en estatuas y hacen de su figura una ocasión para aumentar la riqueza de sus enemigos. Ya ni siquiera se le reivindica como ejemplo para la unión centroamericana ni como símbolo de libertad. Más bien es riesgoso enaltecer su pensamiento para mostrar la decadencia moral de la política tradicional.

Ramón Rosa intentó reivindicar a Morazán y sostuvo que los restos de la federación centroamericana convertidos en repúblicas se empeñaron en falsear sus ideales; ese caudillismo antidemocrático es contrario a Morazán. Según Rosa, luego del fracaso del proyecto morazanista siguió la caricatura de la república por dos grandes razones: en lo político, los caudillos se hicieron del poder local; en lo ideológico, en esos treinta años no surgieron verdaderos liberales ni conservadores, lo que existió fueron pretextos ideológicos para manipular el poder. Entonces, se falsificó el ideal morazanista y de las instituciones; por ello se requiere volver a ese tipo de pensamiento para recuperar el “sentimiento nacional” que ha tendido a desaparecer. Las circunstancias amorfas y extrañas de la independencia nacional retrasaron la aparición de ese sentimiento y se enterró su concepción de la independencia como movimiento radical contra la anexión que rompe definitivamente con las instituciones coloniales.

Es por ello y otras motivaciones que la traición contra Morazán no culmina.

3 de octubre de 2017