Las imágenes del éxodo de las caravanas de migrantes, dejando atrás su tierra conocida, la patria en la que nacieron, son conmovedoras. Es imposible no dejar de preguntar por qué esas personas se atreven a dejar todo lo que tienen, dejar su familia a pesar de ser una “sociedad de manadas” y correr riesgos con la migración ilegal que pueden conllevar la muerte. Un migrante manifestó “en Honduras, ya no tengo que perder[1]”. Quizás no se puede continuar viviendo en un país donde se ha perdido todo, o quizás nunca se tuvo nada.

El mes de la “patria”, a pesar que su nombre recuerda esa visión de un territorio patriarcal, siempre induce a cuestionar ese sentimiento de lo que somos, cómo concebimos o damos significado a esta tierra que nos vió nacer o, en otros casos, que hemos adoptado. Es claro que el patriotismo es más que amar el país. Es el respeto por sus leyes, el anhelo de justicia, los derechos de sus habitantes y el desarrollo de una noción de territorio común que proteja la vida humana y no humana que hay en ella. 

Para Froylan Turcios, el amor a la patria es un bienestar común, defensa del Estado de Derecho, en el cual las instancias gubernamentales no hagan un abuso de la violencia contra la población, ni se limite o coaccione la libertad bajo la fuerza y monopolio de la violencia del Estado. Él anheló una patria libre y civilizada… y (que) brille su nombre en las amplias conquistas de la justicia y del derecho”.

El discurso del presidente Juan Orlando Hernández durante los actos de inauguración por el mes de la patria avergüenzan[2]. Él aboga por un fervor y orgullo común que teatraliza frente a la pantalla, pero sin ningún contenido ético que reproche sus actos de corrupción, su abuso de poder[3] y una cadena de crímenes asociada al narcotráfico y el crimen organizado que resulta letal para la débil democracia del país[4]

Demandar orgullo ante la inexistencia de un estado de protección, donde en cada periodo de gobierno se precarizan las vidas, trae a la mente la oportuna la frase que “el patriotismo es el último refugio de un canalla[5]”.

El COVID-19 instaura en la población un patriotismo de “sálvese quien pueda” y caemos en una ceguera colectiva ante los abusos de poder que sufre el personal médico del Estado que se atreve a denunciar las carencias de insumos en los hospitales[6], mientras otras doctoras y doctores callan que ingresan pacientes en los hospitales públicos sin hacer una prueba de COVID-19. Sin embargo, fondos son destinados para el personal del gobierno, quien hace pruebas semanales a su personal de servicio o que cuida sus mascotas. Ese es el patriotismo de los bribones, de los canallas que se apropian de las finanzas públicas.

Negar el falso patriotismo que profesan las autoridades gubernamentales no ayudará a construir una patria en la que se gobierne con igualdad ante la ley, oportunidades de educación, acceso a la salud y trabajo digno de modo que su población no deba huir del país por la desesperanza.

El patriotismo no son unas palillonas rindiendo honores frente a un presidente que carece de honor. No es esa una veneración por los símbolos patrios. Estos implican una identificación con valores que contribuyen a reconocer a la otra, al otro, como un igual, como integrante de esa “comunidad imaginada” que reclamaba Benedict Anderson como característica básica de una nación.

Nos hemos construido como nación con ese falso patriotismo, pensando que una bandera o escudo nacional nos hace comunes a la patria, mientras irrespeto a mi vecina o vecino, al indígena, al garífuna, me callo ante la violencia intrafamiliar, los actos de corrupción favorecen empresas con vínculos a las autoridades gubernamentales. Esas muestras de falso patriotismo no contribuyen a construir una nación, a que las hondureñas y hondureños sean y se sientan parte de una patria común, con oportunidades, es decir, un patriotismo sano[7]. Ese patriotismo donde la patria es para todas y todos, una patria con visión de bienestar común.

El patriotismo es defender la colectividad, el bienestar común, los recursos públicos. Es negarse a la corrupción o al silencio cómplice de los actos en contra de la población. Es luchar por los principios y valores de la justicia social.  El patriotismo no se agota con rendir honores a la bandera nacional cuando se están robando los recursos financieros, y utilizando los aparatos del Estado para construir una red de narco-corrupción.

El patriotismo es una búsqueda para construir comunidad, establecer relaciones de reciprocidad y mutualidad. Es querer hacer algo juntas y juntos, en el territorio, para todas y todos por igual. Mientras no encontremos entre nuestras diversidades y diferencias ese interés por hacer algo común que nos integre, que es la responsabilidad central de los líderes políticos, ese falso patriotismo de nuestros gobernantes no bastará, ni ayudará a forjar la patria que todas y todos requerimos, que nos aproxime a una visión integradora de nación.

 

[1] https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-45909719

[2] https://forbescentroamerica.com/2020/09/01/honduras-conmemora-fiestas-de-la-independencia-en-luto/

[3] https://expedientepublico.org/exclusiva-presidente-hernandez-y-su-familia-aprovechan-pandemia-para-hacer-negocios/

[4] https://www.wilsoncenter.org/publication/when-corruption-funds-political-system-case-study-honduras

[5] Samuel Johnson. https://elpais.com/elpais/2015/10/02/opinion/1443810667_133442.html

[6] https://www.defensoresenlinea.com/alerta-peligra-la-vida-de-medico-perseguido-y-capturado-por-el-regimen-de-hernandez/

[7] https://www.vaticannews.va/es/iglesia/news/2019-10/crisis-honduras-obispo-necesario-trabajar-por-el-bien-comun.html


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