Por: J.L

Gracias a Dios, Honduras (Conexihon).-  La Mosquitia es de esos sectores olvidados por el gobierno, lo que obliga a su pobladores a dejar su tierra en busca de un mejor porvenir, llevándolos a vivir en condiciones de extrema pobreza en la lucha por salir adelante.

Sin embargo, la pandemia del coronavirus obligó a centenares de personas oriundas de ese sector a regresar a sus casas, ya que era insostenible vivir en la gran ciudad debido a los gastos que esto represente.

Cristian Dereck, a sus 18 años, es uno de miles de jóvenes que siendo aún un niño dejó su casa con la ilusión de darle algo mejor a los suyos en un futuro, pero que ha tenido que luchar contra todo en su estadía en Tegucigalpa.

Como millares de niños hondureños, vio en el fútbol su gran oportunidad para asegurar su futuro y el de los suyos, lo que ignoraba eran las dificultades que debía superar para poder coronar un sueño que hasta aquí ha sido un verdadero calvario.

La falta de oportunidades los hizo aferrarse a esa ilusión, con la misma fuerza que un pequeño en peligro se sujeta a los brazos de mamá como la única opción de salvación.

Cuando el Gobierno decretó alerta roja en el territorio nacional, a causa del coronavirus, Dereck entendió que la situación iba ser insostenible en la capital y que había que regresar a casa, pero no había plata para retornar a la mosquitia.

Y es que llegar hasta esa zona del país resulta a veces más complicado que ir al extranjero, un boleto de avión supera los 700 dólares y llegar por tierra o agua es una aventura nada sencilla.

Afortunadamente para este joven la capital está “invadida” por personas de esa zona del país y entre todos consiguieron un camión que los llevó hasta La Ceiba y de ahí se trasladaron en lancha hasta sus lugares de origen.

No obstante, estas situaciones de vida, no le quitan la fuerza y los sueños a Dereck.

“Me vine como vaca en un camión, mientras tanto aquí me rebusco haciendo todo tipo de trabajos, agricultura, construcción, pesca, pero pronto estaré en Tegucigalpa en busca de mis objetivos y si me toca volver a aguantar hambre lo tendré que hacer, no me rendiré”, comenta el joven.

El fútbol como herramienta para salir adelante

Nacido en la comunidad de Wawina, en el sector de la Mosquitia, el joven Cristian Willy Derick, mediocampista del Real de Minas (equipo de Liga Nacional) es un ejemplo de los sufrimientos que se deben enfrentar en esa lucha por llegar a ser un futbolista de élite en Honduras.

Pese a tener más de seis años de vivir en la capital, todavía no pierde esa inocencia típica de la gran mayoría de personas de tierra adentro, la timidez se le adivina a primera vista.

Es el segundo de cuatro hermanos criados por doña Rusila Dereck Timoteo, quien se desempeña como maestra. De su papá, aunque lo conoce, sabe muy poco; su gran apoyo siempre fue su progenitora.

Relata que si bien es cierto no tuvo una infancia con lujos, tampoco sufrió hambre ya que su madre siempre se esforzó para darles del pan de cada día.

“Comida siempre hubo en casa, mamá con mucho sacrificio nos alimentaba a todos, a mi padre lo conozco, pero tengo mejores y más recuerdos de mamá, empecé a aguantar hambre cuando me fui a la capital, pero había que hacerlo por el bien de todos”.

Sufrimiento lejos de la familia

Como todos los pequeños de esa zona, creció viendo de cerca el mar e involucrándose en actividades de pesca para poder aportar algo a la casa. El fútbol no podía faltar, recuerda que escuchaba partidos en la radio y que soñaba con algún día ser futbolista profesional.

“Jugábamos fútbol todas las tardes, incluso en el invierno sin importar los aguaceros, era el mejor momento del día para todos. Siempre se escuchaban historias de que fulano había tenido una infancia como la nuestra y que ahora es una estrella del fútbol, que estaba en la selección y jugaba en el extranjero, que había sacado adelante a su familia y yo quería hacer algo igual”, detalla Derick.

Motivado por esas historias un día de la nada le dijo a mamá que quería salir a la ciudad para convertirse en futbolista y sacar adelante a sus hermanos. Cuenta que doña Rusila le dijo que había una tía en Tegucigalpa, pero que lo único que podía darle era alojamiento, que la comida no estaba incluida.

Con apenas 12 años no se arrugó y dijo, “me voy”, viaje por agua hasta La Ceiba, en el departamento de Atlántida y luego vía terrestre hasta la capital, un lugar desconocido y un mundo por descubrir.

El imán del fútbol parece estar de su lado ya que su tía vive en la colonia Kennedy de la capital; apenas a unos metros del Estadio Emilio Larach, que pronto se convirtió en la casa de Cristian.

“Me instalé donde mi tía y en efecto solo había dormida, ahora tenía que buscar comida y yendo todos los días al Emilio, varias personas me miraban y me preguntaban qué de dónde era, a qué me dedicaba y al saber mi historia me mandaban a hacer mandados y me daban comida o un par de pesos, así empezó mi corta historia que pienso agrandar camino al fútbol de primera”, expone el futbolista.

La ilusión era jugar, pero también comer era prioridad

No obstante no siempre hubo quien le tendiera la mano y cuenta que a veces comía, otras no, pero que eso jamás le ha quitado las ganas del alcanzar sus sueños.

“A veces se reían de mi porque cuando podía comía por tres personas, pero es que ellos no sabían que estaba comiendo después de más de 24 horas sin ingerir alimentos y según yo sin me llenaba mucho no me iba dar hambre en dos o tres días”.

Cristian detalla “La verdad que varias personas de la Kennedy se portaron muy bien conmigo, no solo me daban de comer, sino que también me aconsejaron y gracias a eso y al trabajo he logrado empezar un camino hacia mi sueño”.

Talento le sobra, también disposición para el trabajo por es de inmediato se enroló en las ligas inferiores de Gimnástico (equipo de Liga de Ascenso), luego llegó su pase a reservas del Motagua y casi de golpe su fichaje por Real de Minas en la primera división y justo ahí empezó la parte más complicada de su calvario.

“Primero fui a reservas del Minas, luego a primera y dije ya la hice, pero fue al contrario, aquí todo se puso más feo, la gente que me apoyaba pensó este jodido ya tiene sueldo y cuál pago”, afirma.

“Comía salteado y le rogaba a Dios entrar en la convocatoria, pero no era solo por jugar, sino porque así aseguraba los tres golpes ese fin de semana porque de lo contrario estaba a expensas de que los amigos me apoyaran”.

Explotación laboral

La suerte parecía haberle cambiado a este personaje, no obstante no fue así y es que llegó a la primera división a un equipo cuyas finanzas parecen las de un club burocrático.

Sobre su recorrido en el futbol hondureño“Tengo cuatro torneos en Real de Minas entre reservas y primera, y lo único que he conseguido son dos meses de pago, 6 mil lempiras, me deben más de 10 meses de salario, algunos me dicen que ya se me pasó la fecha de parto en son de broma”.

“Encima cuando me pasaron al primer equipo no me hicieron contrato nuevo, eso significa que sigo ganando los mismos tres mil lempiras que en reservas, pero ni eso me pagan”.

Los sueños permanecen intactos

De la mano de Raúl Cáceres, el técnico que lo llevó al primer equipo (Real de Minas), Dereck sumó más de 500 minutos y pese a que el sufrimiento ha sido el pan de cada día no se rinde y tiene la ilusión que un club grande lo llamará a sus filas.

“Motagua u Olimpia esperan por mí, lo voy a lograr por eso me esfuerzo cada día en los entrenamientos y así como Real de Minas se fijó en mí, los grandes van a intentar contratarme y alcanzaré el sueño de poder ayudar a los míos”.

Comenta que su gran motivación es ayudar a su madre y hermanos a tener una vida mejor.

“Solo quiero la oportunidad y la voy a aprovechar, eso lo tengo claro, lo que me ha pasado en Minas no va destruir mis ilusiones, al contrario, ahora soy más fuerte y tengo más sueños”.

Mala fortuna

Sus condiciones no pasaron inadvertidas para el técnico de la Selección sub 20, Reynaldo Tilguath, quien lo conoce muy bien y no dudó en convocarlo al equipo nacional.

Estuvo en todos los microciclos y se convirtió en un hombre clave para el entrenador que lo eligió en el grupo de elementos que viajaron a Uruguay para prepararse antes de pelear la clasificación al mundial de la categoría.

Sin embargo, una mala pasada del destino por poco lo priva de hacer el viaje a Sudamérica ya que uno de sus padres se había cambiado el apellido sin que él se diera cuenta y eso le imposibilitaba sacar su pasaporte.

“Fue toda una hazaña, ya estaba resignado que no iba viajar, pero los amigos de la Kennedy me pagaron abogado y dieron todo el pisto para sacar los papeles y cumplí mi sueño de viajar con la selección nacional”, concluye el joven futbolista.