Amaneceres

Amaneceres

Por: Carlos Méndez

La gente, ese “gential de gente” primero se fue viniendo como los zompopos; de poco a poco. Luego fueron más y más  hasta rellenar la capirucha a la orilla de los ríos para buscar respuestas  a la imaginación provinciana llena de colores y triunfos humanos, en cuenta y en primer lugar, la de satisfacer necesidades que te llegan al alma como la victoria de conseguir tortilla, “conqué” y techo, aunque sea de “arrimado”  y colocar el orgullo de  ser algo en la vida, “anque sea con que pase el colegio, luego un oficio” y  convertirnos en héroes y heroínas, al sobrevivir al sobresalto urbano, en lo sublime de cada biografía nuestra.

La ciudad se fue llenando al tope con nuestro lenguaje, nuestras emociones, supersticiones y visiones mágicas de la vida  y la realidad campiranas. En suma vos y yo y cerca de  dos millones de cristianos con  penas pero con  alegrías inconmensurables, nos trajimos  a tuto, las aldeas enteritas a esto que llaman “cerro de plata”, sin pedirle permiso a nadie.  Y para darle un toque a los sonidos nos trajimos la milpa, las gallinas y los gallos a “las invasiones” de tierra desde donde levantamos nuestros palacios hechos de material recogido en los basurales.  Por esta razón, yo siempre te dije que la capital es una tamaña “pipa” de aldea. El caserío y aldea gigantona en pleno corazón de la geografía con su forma ingenua de ver la realidad, pero con imaginarios espectaculares..

Por eso, no te tragues el cuento que está ciudad es moderna o civilizada porque tiene en toda su epidermis, y en su sangre, la cosmovisión  aldeana de la cual se han aprovechado hasta el sol de hoy, oscuros personajes que llegando al poder municipal o del Estado,  se hicieron más ricos y corruptos con tan solo alzar al viento aquella tonadita cursi o pendeja  de: “primero los pobres”.

Se aprovecharon como lo siguen haciendo, de la ignorancia, pero lo que más encabrona, de la  nobleza, generosidad, el sentido de la solidaridad en el vecindario  y el cariño entrañable comunitario en donde la consigna vital de la vida cotidiana es que, “todo lo que le hacen a mi vecino me lo hacen a mi”. Incluso, revirtieron esos  valores de metal precioso,  haciéndonos, además de sobrevivientes del rebusque,  en consumistas, mezquinos, insolidarios y lo peor, nos comieron el morro manipulándonos por sus medios de incomunicación masiva, para que nos tragáramos su manera de pensar, sus gustos y su arrogancia fatua.

Pero no te escribo para que veas esto que acabas de leer. Te escribo para recordarte que desde hace tiempo ya no oigo, en la ciudad, los gritos de los gallos por la madrugada que me despertaban con la puntualidad de un relojero. ¡No jodás,  ya no escucho a los gallos que gritaban su ki ki  ri kiiiiiii desde lejos hasta esta colonia! Primero el canto de las tres de la mañana, luego a las cuatro y por ultimo cerca de las cinco de la mañana!

¡Los mataron? ¿Se extinguieron por alguna plaga? ¡O Simplemente se ocuparon para satisfacer el hambre de muchos hombres y mujeres? No lo sé. Lo único de lo cual tengo certeza es que las parvadas de pájaros que “el gentillal de gente “se trajo de la aldea para inundar por cientos de miles, la ciudad, están aquí para llegar a nuestras ventanas y recordarnos que los  días nuevos  están aquí y que es nuestro deber glorioso hacerlos  hermosos  y felices. Y Vos lo sabés muy bien,  aunque te hayás ido  para siempre a construir casas para los pobres, en otros sitios de esta galaxia.

22 de mayo de 2017